La política petrolera en su laberinto

En medio de la ofensiva de los gobernadores sobre YPF, el Ejecutivo busca definir una política que revierta la declinación de la producción y la creciente dependencia externa. No todo es definir si se reestatiza o no YPF

Por Raúl Dellatorre | Página/12

Mucho se especuló antes del discurso de Cristina Kirchner del jueves 1° de marzo sobre eventuales anuncios de reestatización o intervención de la empresa YPF. Y mucho se especuló después de ese discurso acerca de por qué no se hicieron esos anuncios. Hay una preocupación real del Gobierno por las restricciones de la oferta energética, altamente dependiente de los recursos hidrocarburíferos, pero hasta ahora la única línea de acción claramente definida desde el oficialismo es la ofensiva de los gobiernos provinciales dueños del subsuelo desde la reforma constitucional de 1994–sobre las productoras petroleras, YPF en particular, para que presenten en forma urgente un plan de inversiones o bien se atengan a una inmediata devolución de las áreas. De nacionalización o intervención de YPF, se habló en cambio más en Madrid o en Wall Street que en los pasillos oficiales. Y no es por casualidad.

El fin del idilio entre el Grupo Eskenazi y el gobierno kirchnerista desató toda una serie de especulaciones y juego de intereses. El grupo elegido para administrar la filial local de la española Repsol, que apareció en el firmamento petrolero como el ejecutor de la política pensada por Néstor Kirchner, terminó defraudando a quienes lo apoyaron, al sumar sus apetencias propias a las ya manifestadas por Repsol desde 1998, cuando se apropió del control de la ex petrolera estatal. Apetencias que, lógicamente, se antepusieron a los intereses de la Nación y del gobierno que los impulsó al podio.

Haciendo un poco de historia: Repsol se adueña de YPF en 1998, como culminación del proceso de desregulación y privatizaciones iniciado por el menemismo a comienzos de esa misma década. El ejecutor de esa política fue José Estensoro hasta su muerte, luego sucedido por Roberto Monti hasta el arribo de Repsol. La apertura de la explotación petrolera al capital privado durante la gestión de Estensoro logró rápidamente alcanzar el autoabastecimiento e, incluso, saldos para exportar hidrocarburos, pero sacándole el último provecho a los yacimientos que ya estaban en producción y sin el mínimo esfuerzo por reemplazar las reservas que se consumían.

Lo que mostraba el gráfico que Cristina exhibió durante su discurso, con una curva de producción que alcanzaba su máximo en 1998, no fue más que el resultado de esa política de liquidación de las reservas que, con el tiempo, se convertiría en el inicio de los dramas actuales. La Presidenta elogió la gestión de Estensoro contrastándola con la posterior de Repsol, aunque, en perspectiva, hoy podría decirse que una posibilitó la otra.

Cuando Repsol se adueñó de YPF, prácticamente no tenía reservas en el resto del mundo, por lo que el aporte que le hizo a los libros de la petrolera española fue sustancial. Más todavía lo fueron sus utilidades, que Repsol reinvirtió en países con áreas de exploración geológicamente más atractivas que el agotado subsuelo argentino. Así, continuó el proceso de desinversión de YPF en exploración, y comenzó paralelamente el de estancamiento y declinación de la producción.

La apertura del capital de la filial YPF a empresas argentinas, ya en tiempos del kirchnerismo, abrió expectativas de una confluencia de los intereses nacionales con los del capital privado local. El Grupo Eskenazi (con origen en la industria alimentaria, pero más recientemente adquirentes de ex bancos públicos provinciales) corporizó esa ilusión. Sin embargo, la particular arquitectura financiera que posibilitó su ingreso a la petrolera también condicionó su estrategia. Compró su participación accionaria con un préstamo de la propia Repsol, el que debía devolver con su parte de las utilidades futuras. No es curioso, entonces, que la acumulación de dividendos y su giro al exterior para cancelar la deuda se convirtiera en la prioridad, antes que la reinversión en yacimientos. De paso, fue la forma en que Repsol continuó asegurándose la succión de las utilidades totales.

Agotada la chance del actual esquema, el Gobierno apura la construcción de otro de reemplazo. Para revertir el déficit de abastecimiento de petróleo, el Gobierno necesita inversiones en las áreas menos explotadas, lo que no se resuelve sólo nacionalizando YPF. Sí, en cambio, revirtiendolas áreas al manejo de las provincias y consiguiendo los capitales, que son elevados y de lenta recuperación, dadas las condiciones geológicas de las reservas. Pero ello dentro del marco de una política energética, que no sólo pasa por definir el destino de YPF. En este último plano, también abundan los intereses que se mueven en la sombra alimentando versiones o provocando fuertes oscilaciones de Bolsa– buscando su lugar en el nuevo escenario.

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“Nacionalismo mal entendido”

Por Raúl Dellatorre | Página/12

Víctor Bronstein dirige uno de los estudios que más trabaja en el análisis de las políticas energéticas, su desarrollo regional y las oportunidades de integración, el Ceepys. Desde un enfoque nacionalista, cuestiona ciertos “nacionalismos” que ponen el eje de debate en la reestatización de YPF.

–Tomando en cuenta las dificultades en el sector energético y el comportamiento de los actores del sector, ¿considera válida la discusión sobre la renacionalización de YPF?

–El problema en nuestro país es que somos un país con petróleo, no un país petrolero, y esto obliga a grandes inversiones y una eficiencia empresaria que YPF nunca tuvo. Además debe evitarse repetir el error de que la empresa petrolera defina la política petrolera. Hoy el modelo de los ’90 está mostrando sus fallas, pero debemos evitar interpelar a los ’90 planteando una vuelta a décadas pasadas y pensar una política hidrocarburífera para el siglo XXI. Hoy el nacionalismo pasa por la seguridad energética y éste es el eje sobre el que debemos pensar las herramientas para garantizarla. El luche y vuelve con el logo de YPF es una consigna romántica que suena nacionalista, pero la historia nos dice que es un nacionalismo de opereta, como decía Perón.

–El nacionalismo también es una bandera, un símbolo, que puede significar una convocatoria a la unidad detrás de un objetivo.

–Cuando se crea YPF, el petróleo era marginal en la matriz energética argentina y el problema era la protección del recurso, en una época donde los grandes trust petroleros ejercían la llamada diplomacia petrolera con el objetivo de buscar reservas en el mundo para garantizar el abastecimiento de los países europeos. YPF estatal cumplió este rol y expandió la ideología del nacionalismo petrolero al resto de la región, pero no pudo cumplir con otro objetivo fundamental que era el de lograr el autoabastecimiento. Por eso Perón, que sufrió muchísimo en su último gobierno la falta de energía y la necesidad de gastar dólares para importar petróleo, propuso el contrato con la California y criticó a los adversarios de este contrato como “nacionalistas de opereta”. Perón planteaba en ese momento que el nacionalismo pasaba por el autoabastecimiento, no por mantener el monopolio de YPF que nos obligaba a importar petróleo.

-Pero eso fue antes de la privatización. Era otra etapa histórica…

Sí. En los ’90 se cambió de raíz el modelo, desregulando el sector y privatizando YPF, lo que permitió lograr el autoabastecimiento, pero sin garantizar las inversiones para la sustentabilidad de la nueva estructura hidrocarburífera. Hoy, ante una situación crítica en el sector energético, se abre nuevamente la discusión sobre la organización del sector petrolero, donde debemos tratar de evitar caer en falsos nacionalismos. Hoy el mundo empieza a tener dificultades para abastecer el aumento de la demanda de petróleo y, por lo tanto, la discusión ya no es tanto por el precio sino por tener el recurso. En esta nueva etapa, el concepto nacionalista que debería guiarnos es el de “Seguridad energética”, que es un concepto más amplio que el de autoabastecimiento. Seguridad energética implica definir una guía de acción para garantizarnos la energía necesaria para nuestro desarrollo. Esto implica dejar los postulados neoliberales y que el estado asuma un rol preponderante en el cumplimiento de este objetivo, pensando en el mundo actual y sin volver nostálgicamente a un pasado que no fue tan bueno. El concepto de seguridad energética, implica, por ejemplo, una política de integración energética regional. En este contexto, discutir si YPF debe ser privada o estatal es poner el carro delante del caballo. Una empresa petrolera es una herramienta para llevar a cabo una política. Definir esta política de manera soberana, es el verdadero nacionalismo del siglo XXI.

Página/12