China: la superpotencia energética del siglo XXI

Por Michael T. Klare.- Si quieren saber en que dirección está soplando el viento global (o brillando el sol, o quemándose el carbón) miren a China. Las novedades en torno a nuestro futuro energético o al futuro de las grandes potencias del planeta vienen de allí. Washington ya está mirando. Y lo está haciendo con una alta dosis de ansiedad.
Pocas veces una entrevista de prensa ha dicho más acerca del cambio de poder global que está teniendo lugar en nuestro mundo. El 20 de julio, el economista en jefe de la Agencia de Energía Internacional (AEI), Faith Birol, declaró al Wall Street Journal que China había sobrepasado a Estados Unidos al convertirse en el primer consumidor mundial de energía. Uno podría leer esta noticia de diversas maneras: como una prueba de la superioridad industrial china, como una evidencia de la persistente recesión en los Estados Unidos, como prueba de la creciente popularidad de los automóviles en el país oriental e incluso como prueba de una mayor eficiencia energética comparativa estadounidense. Todas estas observaciones serían válidas. Pero obviarían la cuestión principal: al convertirse en el principal consumidor de energía planetario, China afianzará su papel dominante en la escena internacional y marcará el rumbo de nuestro futuro global.
Si se tienen en cuenta el estrecho ligamen entre energía y economía global, así como las crecientes dudas sobre la futura disponibilidad de petróleo y otros combustibles, las decisiones chinas en materia energética pasaran a tener un impacto de largo alcance. Como actor principal en el mercado energético global, China determinará de forma decisiva no sólo los precios que se pagarán por combustibles clave sino también los sistemas energéticos que predominarán de aquí en adelante. Es más: las decisiones chinas en materia energética determinarán si China y Estados Unidos pueden evitar verse arrastrados a una batalla global por la importación de petróleo y si el mundo escapará a un cambio climático de dimensiones catastróficas.
Cómo aumentar la propia primacía en el escenario mundial
Es difícil advertir el significado del nuevo predominio chino en materia energética si no se toma conciencia de lo que éste significó en su momento para la hegemonía de los Estados Unidos. Que la región noreste de los jóvenes Estados Unidos fuera rica en reservas acuíferas y de carbón fue decisivo para la industrialización temprana del país, así como para la eventual victoria del Norte en la Guerra Civil. Con todo, lo que convirtió a los Estados Unidos en un actor decisivo en el escenario global fue el descubrimiento de petróleo en Pennsylvania, en 1859. La extracción y exportación de petróleo alimentó la prosperidad estadounidense a comienzos del siglo XX -convirtiendo al país en principal productor mundial- así como el ascenso de sus gigantescas empresas. No debe olvidarse, en este sentido, que la primera empresa transnacional -la Standard Oil Company, de John D. Rockefeller- se fundó a partir de la explotación y exportación de petróleo estadounidense. La legislación anti-trust partiría a Standard Oil en 1911, pero dos de sus principales descendientes, la Standard Oil de Nueva York y la Standard Oil de Nueva Jersey, acabaron por fusionarse en lo que actualmente es la empresa que cotiza en bolsa más rica del mundo, Exxon Mobil. Otra de sus descendientes, la Standard Oil de California, se convertiría en Chevron, hoy la tercera empresa más rica de los Estados Unidos.
El petróleo también desempeñó un papel clave en el ascendente poder militar de los Estados Unidos a escala planetaria. Ello le permitió, por ejemplo, proporcionar a las fuerzas aliadas tanto en la I como en la II Guerra Mundial la mayor parte del petróleo que necesitaban. Entre las grandes potencias de la época, de hecho, sólo los Estados Unidos eran auto-suficientes en materia de petróleo. Ello significaba que podían mantener ejércitos numerosos en Europa y Asia, superando así a las bien equipadas (pero muy pobres en petróleo) fuerzas alemanas y japonesas. Pocos toman hoy conciencia de estos hechos. Los arquitectos de la victoria norteamericana en la Segunda Guerra Mundial, incluido el presidente Roosevelt, tenían claro en cambio que eran las reservas petroleras de la nación, más que la bomba atómica, lo que acabaría siendo decisivo.
Al haber creado una estructura económica y militar basada en el petróleo, los dirigentes estadounidenses se vieron forzados a adoptar medidas cada vez más costosas y desesperadas para asegurar que ésta contara siempre con una provisión adecuada de energía. Tras la Segunda Guerra Mundial, a medida que las reservas domésticas comenzaron a menguar, los sucesivos presidentes norteamericanos se vieron obligados a pergeñar una estrategia mundial que asegurara de su país al petróleo trasnoceánico. En un comienzo, los escogidos para actuar como “gasolineras” de las refinerías y de las fuerzas militares norteamericanas fueron los reinos de Arabia Saudita y del Golfo Pérsico. Las empresas petroleras estadounidenses, especialmente las descendientes de la Standard Oil, recibieron innumerables estímulos y ayudas para asegurarse una mayor presencia en estos países. En buena medida, de hecho, la mayoría de los pronunciamientos estratégicos de posguerra -la Doctrina Truman, la Doctrina Eisenhower, la Doctrina Nixon, y muy especialmente la Doctrina Carter- tuvieron como objetivo proteger estas “gasolineras”.
También hoy, evidentemente, el petróleo desempeña un papel central en los planes y acciones mundiales de Washington. El Departamento de Estado, por ejemplo, mantiene aún una costosa y firmemente arraigada fuerza militar en el Golfo Pérsico con el objetivo de garantizar la “seguridad” de las exportaciones de petróleo de la región. Y ha extendido también su brazo armado a algunas zonas clave de producción de petróleo del Mar Caspio y del África occidental. La necesidad de mantener lazos amistosos y relaciones militares con proveedores importantes como Kuwait, Nigeria y Arabia Saudita, continúa dominando la política exterior estadounidense. Igualmente, a medida que el calentamiento global avanza, el interés norteamericano sobre el Ártico y sus reservas de hidrocarburos también se ha disparado.
¿Un planeta de carbón?
Al igual que ocurrió en el pasado, es muy probable que el hecho de que China haya desplazado a los Estados Unidos como consumidor global de energía altere también su política exterior. No hay duda, como mínimo, de que afectará las relaciones chino-estadounidenses, por no hablar de la agenda política mundial. Teniendo en cuenta la experiencia estadounidense ¿puede esperarse otra cosa de China?
Cualquiera que lea las páginas de negocios de la prensa puede advertir que la cuestión energética es una de las más importantes para los dirigentes chinos. Prueba de ello son los cuantiosos recursos dedicados a la materia, así como la procura planificada de nuevas fuentes de provisión. Los dirigentes chinos, de hecho, deben afrontar ahora dos desafíos: asegurarse suficiente energía para afrontar una demanda creciente y decidir qué combustibles les permitirán satisfacer estas exigencias. La manera en que China responda a estos desafíos tendrá un impacto decisivo en el escenario global.
De acuerdo a las proyecciones más recientes del Departamento de Energía de los Estados Unidos, el consumo de energía en China crecerá alrededor de un 133% entre 2007 y 2035, esto es, de 78 a 132 cuatrillones de unidades térmicas británicas (BTU, en inglés). Para entender lo que esto significa piénsese en lo siguiente: los 104 cuatrillones de BTU que China necesita incorporar a sus insumos energéticos en el próximo cuarto de siglo equivalen al total del consumo energético de Europa y Oriente Medio en 2007. Encontrar e inyectar en China todo este petróleo, todo este gas natural y muchos otros combustibles será sin dudas el principal desafío económico e industrial de Pekín, un desafío que encierra posibilidades reales de fricción y conflicto.
Si bien la mayoría de las fuentes energéticas chinas son de origen doméstico, los crecientes gastos de importación de combustibles (petróleo, gas natural y uranio) y de maquinaria específica (refinerías de petróleo, plantas generadoras de energía, reactores nucleares) acabarán por determinar de manera significativa el precio mundial de estos ítems, un papel que hasta ahora había sido desempeñado básicamente por los Estados Unidos. Más importante aún serán, con todo, las decisiones de Pekín acerca del tipo de energía en la cual invertir.
Si los dirigentes chinos siguieran sus intuiciones naturales, sin duda evitarían toda dependencia fuerte de combustibles importados. Como es sabido, la dependencia energética extranjera vuelve a un país muy vulnerable respecto de posibles interrupciones en el suministro o, en el caso chino, de un eventual bloqueo estadounidense (en el supuesto, pongamos por caso, de un conflicto prolongado con Taiwan). Se atribuyen a Li Junfeng, un alto funcionario de energía chino, unas declaraciones en las que habría afirmado que “la provisión de energía debería venir de sitios en los que puedas pisar”, es decir, de fuentes domésticas.
Hay una clase de combustible que China posee en abundancia: carbón. Según cálculos recientes del Departamento de Energía, el carbón representará alrededor de un 62% de la provisión neta de energía china en 2035, apenas un poco menos que en el presente. Una dependencia tan alta del carbón, sin embargo, también exacerbaría los problemas ambientales del país, lo cual aumentaría los costos en materia sanitaria y acabaría por afectar al resto de la economía. Sumado a esto, China es hoy el principal emisor de dióxido de carbono. Según el Departamento de Energía, la cuota china de emisiones de dióxido de carbono pasaría del 19,6% de 2005 -cuando todavía estaba por debajo del 21,1% de los Estados Unidos- a un 31.4% en 2035, por encima ya de cualquier otro país.
Mientras Pekín se niegue a reducir de manera significativa su dependencia del carbón, sus declaraciones y compromisos sobre el calentamiento global serán pura retórica. Será sencillamente imposible que adopte cualquier medida para afrontar el cambio climático. Y también en este ámbito, su actuación alterará claramente la faz del planeta.
Últimamente, en todo caso, los dirigentes del país parecen haberse vuelto más sensibles a los riegos de una dependencia excesiva del carbón. Son numerosas las voces que insisten en la necesidad de desarrollar energías renovables, especialmente eólica y solar. En poco tiempo, de hecho, China se ha convertido en el principal productor mundial de turbinas de viento y paneles solares, y ha comenzado a exportar su tecnología a los Estados Unidos (algunos economistas y sindicatos han denunciado que China está subsidiando de manera ilegítima sus exportaciones vinculadas a energías renovables, en clara violación de las normas de la Organización Mundial del Comercio).
El apoyo de China a las energías renovables sería una buena noticia, siempre que comportase una reducción significativa en el uso de carbón. Al mismo tiempo, las mejoras técnicas en este ámbito podría colocar al país oriental en la vanguardia de una auténtica revolución tecnológica, del mismo modo que la primacía de los Estados Unidos en tecnología petrolífera los catapultó al frente de las potencias mundiales en el siglo XX. Es más, si los Estados Unidos no consiguen mantener el ritmo de China, podríamos asistir a una aceleración en su declive como potencia mundial.
¿De quién es Arabia Saudita?
La sed china de energía complementaria también podría conducir rápidamente a una situación de fricción y conflicto con los Estados Unidos, sobre todo si se piensa en un escenario de creciente competencia mundial por fuentes de petróleo cada vez más escasas. A medida que su consumo energético se dispara, China necesita utilizar más petróleo. Esto necesariamente la forzará a una mayor presencia económica, política, y quizás algún día incluso militar en las grandes regiones productoras, unas zonas que Washington siempre ha considerado como reservas energéticas exclusivas suyas.
En 1995, China sólo consumía unos 3,4 millones de barriles de petróleo por día. Esto suponía una quinta parte de la cantidad utilizada por los Estados Unidos, por entonces el principal consumidor mundial, y unas dos terceras partes del consumo japonés, segundo a escala mundial. Como China extraía 2,9 millones de esos barriles de sus propios pozos, sus importaciones no pasaban de los 500.000 barriles por día. Mientras, los Estados Unidos importaban 9,4 millones de barriles y Japón unos 5,3 millones.
Hacia 2009, China había pasado a ocupar el segundo puesto con 8,6 millones de barriles diarios, una cantidad todavía inferior a los 18,7 millones de los Estados Unidos. Sin embargo, el porcentaje de producción doméstica había decaído a unos 3,8 millones de barriles diarios, lo mismo que le había ocurrido a los Estados Unidos en tiempos de la Guerra Fría. A esas alturas, en efecto, China importaba ya 4,8 millones de barriles diarios, mucho más que Japón -que en realidad había conseguido disminuir su dependencia del petróleo- y casi la mitad que los Estados Unidos. En las décadas que vienen, todo indica que estas cifras no harán sino empeorar.
De acuerdo a las proyecciones del Departamento de Energía, China desplazará a los Estados Unidos como principal importador de petróleo, con unos 10.6 millones de barriles diarios, hacia el año 2030 aproximadamente (algunos expertos creen incluso que podría ocurrir antes). Con independencia de la fecha exacta, lo cierto es que los dirigentes chinos están ya inmersos en el mismo “dilema” de poder que su contraparte estadounidense tuvo que afrontar durante años, al depender de un recurso vital que sólo pueden proporcionar un puñado de productores poco confiables pertenecientes a áreas de crisis y conflictos crónicos.
Actualmente, en efecto, China obtiene la mayor parte del petróleo que importa de Arabia Saudita, Irán, Angola, Omán, Sudán, Kuwait, Rusia, Kazajistán, Libia y Venezuela. Ansioso por asegurar la confiabilidad de los flujos de petróleo provenientes de estos países, Pekín ha establecido estrechos lazos con sus líderes, y en algunos casos les ha proporcionado considerable ayuda militar y económica. Este es exactamente el mismo camino que siguió en su momento Washington con algunos de estos mismos países.
Las empresas públicas de energía chinas también han establecido “partenariados estratégicos” con empresas de estos países e incluso se han reservado el derecho a explorar otros depósitos petrolíferos. Es especialmente llamativo cómo Pekín ha intentado socavar la influencia de los Estados Unidos en Arabia Saudita y entre otros productores cruciales del Golfo Pérsico. En 2009, por vez primera, China importó más petróleo de Arabia Saudita que de Estados Unidos, un cambio geopolítico de notable importancia, dada la historia de las relaciones estadounidenses-saudíes. Aunque no compite con Washington en materia de ayuda militar, Pekín no ha dejado de desplazar a sus dirigentes más importantes a Riad con un mensaje claro: apoyar las demandas saudíes sin recurrir a la retórica pro democracia y pro derechos humanas a menudo asociada a la política exterior estadounidense.
Estas prácticas deberían sonar bastante familiares. Después de todo, los Estados Unidos también intentaron halagar a los saudíes cuando vieron que el reino podía operar como su “gasolinera” transoceánica si lo convertían en un protectorado militar. En 1945, hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial, el presidente Roosevelt realizó un viaje especial para encontrarse con el Rey Absul Aziz de Arabia Saudita y firmar un acuerdo de protección a cambio de petróleo que perdura hasta hoy. No sorprende, en este contexto, que los dirigentes estadounidenses no vean (o se cuiden de reconocer) la analogía y prefieran presentar la intrusión de China en Oriente Medio como una política antagónica a la suya.
A medida que la dependencia china de los productores transoceánicos crezca, sus lazos con sus líderes probablemente crecerán también, lo que producirá roces mayores en el escenario internacional. Las reticencias de Pekín, por ejemplo, a romper sus vitales vínculos energéticos con Irán, han frustrado ya los intentos de Estados Unidos de imponer nuevas sanciones económicas a dicho país con el objeto de que abandone sus operaciones con uranio enriquecido. De manera similar, el reciente préstamo chino de 20.000 millones de dólares a la industria petrolera venezolana ha insuflado aires al presidente Hugo Chávez, en un momento en que su popularidad interna, así como su capacidad para contrarrestar las políticas estadounidenses, estaban deteriorándose. Los chinos también han mantenido sus lazos de amistad con el presidente Omar Hassan Ahmad al Bashir, de Sudán, a pesar de los esfuerzos de Washington para presentarlo como un paria internacional por su supuesto papel en las masacres de Darfur.
La diplomacia de armas por petróleo en un planeta peligroso
La pretensión china de estrechar vínculos con sus proveedores de petróleo ya ha producido algunas fricciones con los Estados Unidos. A medida que entremos en la era del “petróleo degradado” y que la oferta mundial de petróleo accesible disminuya rápidamente, los riesgos de un conflicto más serio también aumentarán.
Según los cálculos del Departamento de Energía, la provisión mundial de petróleo y de otros líquidos derivados de éste será en 2035 de unos 110,6 millones de barriles por día, suficiente como para poder anticipar la demanda global llegado el momento. Sin embargo, algunos geólogos piensan que la producción global de petróleo alcanzara un umbral bastante inferior a los 100 millones de barriles por día hacia 2015, y que comenzará a caer a partir de entonces. Sumado a ello, el petróleo sobrante sólo podrá encontrarse en zonas de difícil acceso o en regiones altamente inestables. Si estas previsiones son correctas, los Estados Unidos y China -los dos principales importadores de petróleo- podrían verse atrapados en un juego de suma cero para acceder a unas fuentes de petróleo exportable claramente decrecientes.
Evidentemente, es imposible predecir lo que podría ocurrir en un supuesto semejante. Si ambos países continúan con su política actual de armar a los proveedores aliados en un intento desesperado de obtener ventajas a largo plazo, estos proveedores también pueden dirigir sus sospechas o temores a sus (igualmente bien armados) vecinos. El incremento de asesores militares e instructores chinos y estadounidenses en dichos países podría incluso arrastrar a ambas potencias a guerras locales y conflictos fronterizos. Ni Pekín ni Washington buscarán dicho escenario, pero la lógica de la diplomacia de armas por petróleo vuelve inevitable este riesgo.
No es complicado, en definitiva, dibujar un futuro en el que los Estados Unidos y China se vean atrapados en una lucha global por las reservas restantes de petróleo. No son pocos en Washington. de hecho, los que consideran la colisión casi inevitable. “La concentración china de cara a posibles contingencias en el estrecho de Taiwan […] es un impulso importante a su modernización [militar]”, constataba el Departamento de Defensa en la edición de 2008 de su informe anual, El Poder Militar de la República Popular China. “Sin embargo -continuaba- un análisis de sus adquisiciones militares y de su pensamiento estratégico sugiere que Pekín también está desarrollando capacidades para afrontar otras contingencias, como podrían ser los conflictos por recursos”.
Los conflictos por reservas planetarias de petróleo no son, con todo, el único camino que el nuevo estatus de China como potencia energética podría abrir. También es posible, en efecto, imaginar un futuro de mutua cooperación entre China y Estados Unidos con el objetivo de buscar alternativas energéticas que evitarían la necesidad de inyectar sumas ingentes en la carrera armamentística naval y militar. El presidente Obama y su homólogo chino, Hu Jintao, parecieron entrever dicha posibilidad cuando, en una cumbre celebrada en Pekín el pasado noviembre, acordaron colaborar en el desarrollo de combustibles y sistemas de transporte alternativos.
Llegados a este punto, sólo hay un par de cosas claras. La primera: mientras mayor sea la dependencia china de la importación de petróleo, mayor será el riesgo de fricción y de conflicto con los Estados Unidos, cuya dependencia de fuentes problemáticas de energía también es creciente. La segunda: mientras mayor sea su dependencia del carbón, menos cómoda será nuestra vida en el planeta. Finalmente, mientras mayor sea su énfasis en combustibles alternativos, más posibilidades tendrá de convertirse en la gran potencia del siglo XXI. La respuesta, entre todas las posibles, que China pueda dar a sus necesidades energéticas, es aún incierta. Cualquiera sea su decisión, sacudirá al mundo.
Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el Hampshire College. Su último libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy (Metropolitan Books).
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