Naomi Klein: “Tenemos que llevar la responsabilidad a los países ricos”

Por Vinicius Mansur (*).- En la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre los Cambios Climáticos (CMPCC), la periodista y escritora canadiense propone mayor presión sobre los países desarrollados. Evo Morales pide la 2º CMPCC en Europa.

Durante el panel “Deuda climática: qué es y quiénes son los responsables”, realizado en la mañana de este miércoles (21), Naomi Klein enfatizó que los cambios concretos en la cuestión ambiental dependen de los cambios en los países de capitalismo avanzado, una vez que ellos, que representan cerca del 20 % de la población mundial, son responsables por más del 70% de las emisiones de gases.

“Tenemos que llevar la responsabilidad a los países ricos. Mi país [Canadá] firmó el protocolo de Kioto, pero desde entonces, en vez de reducirla, aumentaron en un 35% la polución. Hay que buscar algun tipo de punición para eso”, afirmó.

Klein resaltó que los países pobres, además de emitir mucho menos gases, son los más afectados por los efectos de los cambios climáticos: “En la Conferencia de Copenhague vimos la falta de poder de países como las Maldivas, un país de islas que puede desaparecer por el aumento del nivel del mar. ¡Ellos tienen que negociar para poder sobrevivir! Y, peor, si no llegan a un acuerdo”.

Sin presión política a los países ricos, señala la canadiense, ellos seguirán buscando soluciones para la crisis ambiental a través de las “empresas que están preparándose para los cambios climáticos con la bioingeniería, creando semillas más resistentes, por ejemplo”.

Los argumentos de Naomi Klein coinciden con las posiciones del presidente de Bolívia, Evo Morales, que, en una conferencia de prensa este miércoles (21), afirmó que la próxima conferencia mundial de movimientos sociales debería ser en Europa. “Los movimientos de Europa deberían decir en qué país [debería ser realizada la conferencia].  Creo que es importante ir al centro de los países desarrollados para debatir con ellos”, agregó Morales.

Mesa 18

La polémica “Mesa 18” fue instalada este miércoles (21), que funcionará también el jueves (22). Con el interés de debatir exclusivamente los impactos ambientales de Bolívia, asunto no aceptado por el gobierno boliviano alegando que la CMPCC trataba temas globales y no nacionales, organizaciones sociales armaron paralelamente la Mesa 18.  Entre ellas están el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qollasuyo (Conamaq), la Confederación de los Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob) y el Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (Cejis).

“Evo en sus discursos afirma que la causa de la depredación ambiental es el capitalismo. y son las empresas capitalistas con presencia en Bolivia que están produciendo una serie de impactos, destruyendo poblaciones y ecosistemas, a los cuales el gobierno boliviano no está protegiendo.  Al contrario, tiene una estrategia de industrialización forzada”, explicó el organizador de la Mesa 18 e investigador de la Universidad Mayor de San Simón, Carlos Crespo.

De acuerdo con Crespo, hay un mapa amplio de conflictos ambientales, donde las comunidades indígenas y campesinas están peleando contra actividades económicas legitimadas por políticas públicas: “Está la construcción de una hidroeléctrica en el norte-amazónico boliviano, para exportar energía al Brasil, las exploraciones mineras en Coro-coro (norte de La Paz) y en el Salar del Uyuni (Potosí), donde actúa la empresa japonesa Sumitomo, una de las mayores del mundo, y que demanda 40 a 50 mil metros cúbicos de agua por día, en una región desértica.  En el tema de hidrocarburos, el gobierno decidió explorar petróleo en parques nacionales y tierras de pueblos indígenas, en asociación con capital venezolano y capital gringo.  Además de la construcción de la Carretera Villa Tunari-San Ignacio de Mojos, que parte por la mitad un parque nacional y un territorio indígena”.

El investigador, sin embargo, garantizó que la Mesa 18 no es un espacio de oposición al gobierno.  “Por el contrario, las comunidades que están viniendo a denunciar sus casos son gente que apoya integralmente al gobierno.  Evo es su líder, apoyan el proceso de cambios, pero dicen ‘esperamos que nuestro líder nos defienda, nos proteja’”, finalizó.

(*)  Vinicius Mansur, Brasil de Fato/Minga Informativa de Movimientos Sociales.
Fuente: Alainet.org

MDZ

Un nuevo movimiento sobre el cambio climático

Por Naomi Klein.- Cochabamba, Bolivia. Eran las 11 de la mañana y Evo Morales había transformado el estadio de futbol en un gigantesco salón de clases, y había reunido una variedad de objetos de utilería: platos de cartón, vasos de plástico, impermeables desechables, jícaras hechas a mano, platos de madera y coloridos ponchos. Todos jugaron un papel para demostrar un punto principal: para luchar contra el cambio climático “necesitamos recuperar los valores de los indígenas”.

Sin embargo, los países ricos tienen poco interés en aprender estas lecciones y, al contrario, promueven un plan que, en el mejor de los casos, incrementaría la temperatura global promedio en dos centígrados. “Eso implicaría que se derritieran los glaciares de los Andes y los Himalaya”, le dijo Morales a las miles de personas reunidas en el estadio, como parte de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. Lo que no necesitaba decir es que no importa cuán sustentablemente elija vivir el pueblo boliviano, pues no tiene el poder para salvar sus glaciares.

La cumbre climática en Bolivia ha tenido sus momentos de alegría, levedad y absurdos. Sin embargo, en el fondo, se siente la emoción que provocó este encuentro: rabia contra la impotencia.

No hay por qué sorprenderse. Bolivia está en medio de una dramática transformación política, una que nacionalizó las industrias clave y elevó como nunca antes las voces de los indígenas. Pero en lo que se refiere a su crisis existencial más apremiante –el hecho de que sus glaciares se derriten a un ritmo alarmante, lo cual amenaza el suministro de agua en dos de las principales ciudades–, los bolivianos no pueden cambiar su destino por sí solos.

Eso se debe a que las acciones que provocan el derretimiento no se realizan en Bolivia, sino en las autopistas y las zonas industriales de los países fuertemente industrializados. En Copenhague, los dirigentes de las naciones en peligro, como Bolivia y Tuvalu, argumentaron apasionadamente en favor del tipo de reducciones a las emisiones de gases que podrían evitar una catástrofe. Amablemente les dijeron que la voluntad política en el Norte simplemente no existía. Y más: Estados Unidos dejó claro que no necesitaba que países pequeños como Bolivia fueran parte de una solución climática. Negociaría un acuerdo con otros emisores pesados a puerta cerrada y el resto del mundo sería informado de los resultados e invitado a firmar, lo cual es precisamente lo que ocurrió con el Acuerdo de Copenhague. Cuando Bolivia y Ecuador rehusaron aprobarlo en automático, el gobierno estadunidense recortó su ayuda climática en 3 millones y 2.5 millones de dólares, respectivamente. “No es un proceso de a gratis”, explicó Jonathan Pershing, negociador climático estadunidense. (Aquí está la respuesta para cualquiera que se pregunte por qué los activistas del Sur rechazan la idea del “apoyo climático” y, en cambio, demandan el pago de “deudas climáticas”.) El mensaje de Pershing era escalofriante: si eres pobre, no tienes derecho a priorizar tu propio supervivencia.

Cuando Morales invitó a “los movimientos sociales y los defensores de la madre tierra, científicos, académicos, abogados y gobiernos”, a venir a Cochabamba a un nuevo tipo de cumbre climática, fue una revuelta contra esta sensación de impotencia, fue un intento por construir una base de poder en torno al derecho a sobrevivir.

El gobierno boliviano arrancó las discusiones proponiendo cuatro grandes ideas: que se debería otorgar derechos a la naturaleza, que protejan de la aniquilación a los ecosistemas (una “declaración universal de los derechos de la madre tierra”); que aquellos que violen esos derechos y otros acuerdos ambientales internacionales deberían enfrentar consecuencias legales (un “tribunal de justicia climática”); que los países pobres deberían recibir varios tipos de compensación por una crisis que ellos enfrentan pero tuvieron poco que ver en crear (“deuda climática”), y que debería haber un mecanismo para que la gente en el mundo exprese sus puntos de vista sobre estos temas (un “referéndum mundial de los pueblos sobre cambio climático”).

La siguiente etapa fue invitar a la sociedad civil global a ir discutiendo los detalles. Se instalaron 17 grupos de trabajo y después de semanas de discusión en línea se reunieron durante una semana en Cochabamba, con el fin de presentar sus recomendaciones finales al término de la cumbre. El proceso es fascinante pero lejos de ser perfecto (por ejemplo, como señaló Jim Shultz de Democracy Center, al parecer, el grupo de trabajo sobre el referendo invirtió más tiempo discutiendo si añadir una pregunta sobre abolir el capitalismo que discutiendo cómo se le hace para llevar a cabo una consulta global). Sin embargo, el entusiasta compromiso de Bolivia con la democracia participativa podría ser la contribución más importante de la cumbre.

Esto porque luego de la debacle de Copenhague un tema de discusión tremendamente peligroso se volvió viral: la verdadera culpable del fracaso era la democracia en sí. El proceso de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que da votos con el mismo peso a 192 países, simplemente era demasiado difícil de manejar. Era mejor encontrar soluciones en grupos pequeños. Hasta las voces ambientales de confianza, como James Lovelock, cayeron en la trampa: “Tengo la sensación de que el cambio climático puede ser un tema tan severo como la guerra”, le dijo a The Guardian recientemente. “Quizá sea necesario poner a la democracia en pausa durante un tiempo”. Pero en realidad son estos pequeños grupos, como el club privado que forzó el Acuerdo de Copenhague, los que han ocasionado que perdamos terreno y debilitado los acuerdos existentes, que de por sí son inadecuados. En cambio, la política de cambio climático llevada a Copenhague por Bolivia fue redactada por los movimientos sociales mediante un proceso participativo y el resultado final fue, hasta el momento, la visión más transformadora y radical.

Con la cumbre de Cochabamba, Bolivia intenta globalizar lo que logró a escala nacional e invitar al mundo a participar en redactar una agenda climática conjunta, antes del próximo encuentro sobre cambio climático de la ONU, en Cancún. En palabras del embajador de Bolivia ante Naciones Unidas, Pablo Solón, “la única cosa que puede salvar a la humanidad de una tragedia es el ejercicio de la democracia global”.

Si está en lo correcto, el proceso boliviano podría no sólo salvar a nuestro planeta que está calentándose, sino también a nuestras democracias en vías del fracaso. No está mal el trato.

(*) El texto fue publicado en The Nation. Traducción para La Jornada: Tania Molina Ramírez.
Fuente: http://www.naomiklein.org

Rebelión