Crisis energética: vivir siempre al límite

Hay récords de distinto tipo: aquellos que dan como para cantar victoria y otros, menos presentables, a los que a menudo se intenta tapar. Marcas históricas habrá este año en la Argentina, pero de las molestas y por varios motivos difíciles de ocultar.

Entre ellas, una que deja al desnudo el deterioro de un sector crítico, consume miles de millones de dólares, justo cuando escasean, y apuró la salida del cepo cambiario. Sin más vueltas, es el caso de la energía, el corazón que mantiene en movimiento a toda la actividad económica.

No hay riesgo de parálisis, pero la caída en la producción de gas y petróleo, incesante y fuerte, ya tomó la forma de una amenaza muy seria a corto plazo. Multiplicada por la enorme dependencia de los hidrocarburos.

Estos días asomó un anticipo de lo que puede pasar en el invierno, si las temperaturas juegan en contra. Con los primeros fríos, reaparecieron los cortes a las grandes industrias con la receta de siempre: evitarse el costo de sacudir a los consumos domiciliarios, aunque se resientan las ramas afectadas.

Existen varios indicadores para medir por qué se llegó a esta situación. Uno, menos trajinado, consiste en poner la lupa sobre la productividad de los pozos, o sea, en el gas y el petróleo que rinde cada uno.

Y los resultados cantan que, en metros cúbicos diarios, tanto en un punto como en el otro la productividad de las cuencas es, hoy,la mitad de la que había en 2001. Todo, a pesar de que el números de pozos explotados se duplicó o estuvo cerca de duplicarse.

El creciente agotamiento de las fuentes existentes, de tanto estrujarlas, explica parte de semejante desplome, la más directa. Le sigue, la falta de inversiones para encontrar vetas nuevas o, si se preferiere, la ausencia de incentivos y de un verdadero plan estratégico capaz de torcer el rumbo.

Un costo agregado pasa por la necesidad de usar cada vez más agua para sacar el petróleo que queda. Y nada despreciable, viendo lo que está en juego.

Se entiende, así, que las reservas de gas retrocedieran hasta ser la mitad de las que había en 2001, precisamente en el eslabón central de la ecuación energética argentina. También, que la producción haya bajado 26% respecto de 2004. La de petróleo viene en caída libre desde 1998, y acumula 27% a partir de 2001.

Todo significa una pérdida de patrimonio que saldrá miles de millones de dólares remontar.

Por si aún no fue advertido, buena parte de la secuencia, o toda según el caso, ocurrió durante la era K. Y compromete actividad económica y empleo futuros, quizás más pronto que tarde.

La mayoría de los caminos conducen a Julio De Vido, ministro de Planificación desde el mismo día en que Néstor Kirchner puso el pie en la Casa Rosada. Pero también tocan a quienes vieron pasar la película desde arriba.

Pingüino de la primera hora y tal vez por razones que anidan en el núcleo del poder, De Vido siguió en ese lugar pese a los sacudones que Cristina le hizo sentir y a los constantes avances de Axel Kicillof sobre sus espacios, bajo el paraguas de la Presidenta. El último fue el relevo de Exequiel Espinoza en la estatal Enarsa, presuntamente por maniobras con fondos públicos en la importación de combustibles, que el viceministro de Economía conocería y no denunció.

En cambio, quien ha buscado quedar fuera de la escena es otro hombre del riñón santacruceño: Daniel Cameron, el secretario de Energía. Si hubo algo que explicar, jamás dijo esta boca es mia.

El cuadro muestra récords de aquellos que no dan como para enorgullecerse. Y otro tanto pasa con lo que se gasta en tapar agujeros ya estructurales.

Según cálculos privados, este año las importaciones energéticas sumarían de 12.000 a 13.000 millones de dólares, equivalentes a casi un tercio de las reservas del Banco Central. Y más de 6.500 millones, el déficit real entre compras que crecen sin fin y exportaciones en baja.

Por donde se mire, una montaña de divisas.

Apremiado por este horizonte, Guillermo Moreno traba cuanta importación sea posible y acelera otras ventas al exterior. Ya ha dejado claro su objetivo, en reuniones con empresarios: “Hay que llegar a octubre con un superávit comercial de US$ 10.000 millones. A los empujones, si es necesario”, les advirtió.

Se trata, simplemente, de que en el trayecto hacia una elección crucial las cuentas no luzcan incómodas. Y de pasar el invierno sin sofocones con la luz y el gas en las casas de familia.

Mandan las urgencias de la política.

El problema es que por cada punto que crece el PBI, las importaciones energéticas agregan 1.000 millones de dólares a la factura: las de mayo, pintan para otro récord. Y no es cuestión de enfriar más la economía, justamente ahora.

Para mayor abundancia, el gas que viene de afuera ya representa el 22% del consumo interno. O un 60%, si se incorpora el valor que cuesta traerlo. Ese es, ni más ni menos, el diferencial entre los precios que el Gobierno paga a los proveedores del exterior y el que reconoce internamente.

Los subsidios indiscriminados y enormes hacen otro buen aporte al panorama general. Y explican por qué, en la Capital Federal y en el GBA, la demanda domiciliaria y comercial no para de aumentar. De paso, las subvenciones estimulan el derroche de insumos escasos.

Así de grandes e insostenibles son los problemas que han ido acumulándose. Pero nada cambiará antes de octubre.

Después, habrá que empezar a arremangarse. Inevitablemente

Clarín