Pobreza de energía y agua: nuevos componentes de la pobreza estructural en Argentina

Por: Centro Mandela DDHH

La pobreza de energía eléctrica y de agua suficiente y segura para el consumo humano parece ser una idea o un concepto nuevo en la Argentina. Sin embargo, ya tiene sus años pero no se hacía evidente por algunas razones que son fáciles de comprenderse en la actualidad producto de la profunda crisis que atraviesa la población.

Después del colapso institucional, político, económico, productivo, financiero y social de 2001 salieron a la luz los signos y los síntomas de la pobreza estructural y de ingresos de los argentinos. Este fenómeno fue muy nítido y doloroso. Lentamente fue superándose el quiebre generalizado de la estructura estatal y de amplios sectores sociales y productivos. En ese proceso de recuperación, el año 2008 fue la bisagra porque hasta allí  Argentina creció a tasas relativas  importantes, aunque sobresalían los defectos o errores de la redistribución de los ingresos. Esta situación positiva, se reflejaba en el  mejoramiento de los indicadores sociales, económicos, sanitarios y educativos, coincidía con la reducción del endeudamiento público externo, aunque no tanto con la deuda interna. Se generaba ahorro que destinaban a fortalecer las reservas del Banco Central. 2008 fue el último año con relativa normalidad y coincidió con los datos generales que Argentina mostraba en el 1998, año el que  comenzó a incubarse el quiebre del 2001.

A partir de 2009 comenzó el proceso económico y social en el que  se fue frenando el crecimiento y se profundizó la inequidad social.  Progresivamente se fueron deteriorando las realidades que se representaban a través de los   indicadores elaborados en paralelo a los índices manipulados por el INDEC. El año 2013 se evidencia como una síntesis de los resultados negativos de la gestión de gobierno. El 2014 se presenta comprometido por los   extraordinarios valores de la deuda pública interna y de la deuda social, que recarga responsabilidades del gobierno frente al multimillonario monto en dólares que vence este año en materia de deuda pública externa, con una reserva federal menguada y en el límite de su disponibilidad  por la moneda ya emitida y en circulación, a lo que se suma –pesadamente- una balanza internacional deficitaria, principalmente por la compra de energía y combustible. O sea que  objetivamente perdimos soberanía energética, la que traerá aparejado más pobrezas estructural y de ingreso.

 

Pobreza de energía es igual a pobreza estructural

 

La realidad comprueba que las fallas en las gestiones de gobierno consolidan o agudizan la pobreza estructural,  que es la que se acumula en periodos medianos o largos como consecuencia de la acumulación de los programas de las administraciones políticas, de cómo administran y destinan    los recursos públicos, según las prioridades que se imponen.

 

Después de algunos años de persistencia de  altas temperaturas en los veranos, en el actual se patentizó la pobreza de energía que domina el país y que pone en evidencia la falta de planificación y de ejecución de obras de infraestructuras vitales para el funcionamiento de cualquier país. A su vez, la falta o insuficiencia de energía eléctrica produce pobreza en la provisión de agua, segura y suficiente, porque constituye un insumo básico para su elaboración y distribución, o sea que van tomadas de la mano.

Después de la crisis del 2001 evidentemente se apostó  a mejorar la pobreza de ingresos por vía de la creación  de puestos de trabajo y  a través de la entrega de planes  que sustituyen el empleo y atenúan la pobreza. Pero, es evidente que la gestión no prestó suficiente atención, ni puso sus energías destinando recursos públicos suficientes para comenzar a revertir el crudo y duro fenómeno de la pobreza estructural, que en Argentina se acumuló por décadas  y cuyo último punto de partida fue el golpe militar de 1976.

La población argentina, entonces, incorporó a su realidad cotidiana la pobreza de energía y de agua. Esta pobreza, que parece nueva en el lenguaje público, existe desde hace varios años en distintitas intensidades, pero estaba oculta detrás de algunos argumentos técnicos que los gobernantes de turno entregaban a la opinión pública. Pero como la realidad no se puede tapar, la pobreza estructural viene alimentada desde hace varios años por la pobreza de energía, con lo cual podemos comprender que se ampliará aún más la brecha entre pobres y ricos. En lo que sigue o viene, sintetizado en una caja nacional muy debilitada y en el pronóstico de verano más calientes en el curso de los próximos años, es posible entender que la pobreza de energía tendrá un rol trascendente para consolidar y, eventualmente, ampliar el radio de la pobreza estructural. Por último, la pobreza de ingreso también está fuertemente atacada por la falta o insuficiencia de la energía eléctrica o de agua, de tal modo  que se ha perdido y se perderá una buena parte de las mejorías logradas, y se corre el riesgo de perder el resto. Los sectores populares consumirán menos por la combinación de este factor vital, con los efectos de la inflación y el retraso en la recomposición de ingresos de las familias, vía salarios o planes.  Comerán menos comidas nutritivas, tendrán menos salud, contarán con menos ingresos e irán perdiendo sus pocos electrodomésticos y electrónicos producto de que se irán quemando y no podrán reemplazarlos, aún comprando a crédito a intereses exorbitantes. Sin embargo, algunos abrigarán esperanzas de que  esto no ocurra.