Foto: Delcy Rodríguez y el secretario de Energía de EE.UU., Chris Wright. EFE/ Miguel Gutiérrez
“Lo que se está planteando en Venezuela es una forma más radical de entrega petrolera”. A poco más de un mes de la intervención militar imperialista que sacudió Venezuela, volvemos sobre los hechos para buscar cómo se conectan la noticia y la estructura. En un contexto signado por la incertidumbre y la conflictividad geopolítica, el secuestro de Nicolás Maduro funcionó como una demostración de poder dirigida al mundo, y en particular a América Latina. Este desenlace no se puede entender sólo a partir de los arrebatos de Donald Trump: se asienta en una realidad de décadas, que tuvo a la revolución bolivariana como uno de los máximos exponentes de las políticas de la ola progresista latinoamericana de principios de siglo.
Por OPSur .- Trump aparece en este escenario con un objetivo claro: controlar la producción y la ganancia petrolera. Hacia adentro de Estados Unidos la legitimación de la ocupación se apoyó en la promesa de bajar el costo de los combustibles. Venezuela no es cualquier productor. Su corazón energético late en las enormes reservas del crudo pesado y ultrapesado de la Faja del Orinoco, un petróleo costoso, intensivo en energía, con enormes impactos socioambientales y que exige inversiones colosales.
“El proceso es claramente de transición, aunque no está escrito hacia dónde conduce: si hacia una democracia, hacia un nuevo régimen de acumulación o hacia una forma de vasallaje petrolero. Las contradicciones atraviesan la política interna venezolana, el propio gobierno de Trump y una industria devastada”, explica el especialista venezolano Emiliano Terán Mantovani.
Con esta entrevista a Terán Mantovani, fundador del Observatorio de Ecología Política de Venezuela y coordinador de Oilwatch Latinoamérica, buscamos aportar elementos de análisis y disparadores que ayuden a pensar este momento crítico en una discusión que, por su complejidad, admite múltiples y diversas interpretaciones.
– ¿Qué características tenía el modelo venezolano hidrocarburífero bajo el gobierno de Maduro?
El gobierno de Maduro duró casi 13 años. Primero se venía del marco del nacionalismo energético de Hugo Chávez, con amplios controles estatales y un incremento, desde la Ley Hidrocarburos, de las regalías y los impuestos sobre la renta.
Posteriormente, el gobierno comenzó a experimentar una intensificación del conflicto político y del colapso económico, uno de los peores de la historia latinoamericana. Su primera reacción fue la intensificación de los controles para toda la economía, pero a partir de 2018 se produjo un giro del que se habla poco, que tiene un perfil de liberalización o de neoliberalización heterodoxa. A medida que el colapso económico y la decadencia del modelo petrolero se intensificaban, el enfoque de liberalización se agudizó, aunque el gobierno continuó con su retórica sobre el socialismo, la revolución y el nacionalismo.
El declive de la producción petrolera llegó a un piso de 340000 barriles diarios en agosto de 2020. Antes, Venezuela se caracterizaba por producir 3 millones diarios y fue por mucho tiempo uno de los principales productores del mundo.
En el marco del programa de recuperación económica se sancionaron la ley de Zonas Económicas Especiales y la Ley Antibloqueo, que concibe la participación privada y el secreto en los acuerdos en torno al extractivismo. Van allanando un camino con el objetivo de hacer más atractiva la industria petrolera para el capital extranjero.
Este enfoque pragmático no tenía nada que ver con lo ideológico, ni siquiera con asociaciones estratégicas geopolíticas, sino con facilitar que la inversión extranjera volviera. Por mucho tiempo, durante el proceso bolivariano, Chevron había sido el principal socio comercial a pesar de la narrativa de confrontación con Estados Unidos. Esa relación comercial había ido decreciendo y las sanciones internacionales terminaron de aniquilarla, sobre todo las del 2019.
Luego de la guerra en Ucrania, el entonces presidente de Estados Unidos Joe Biden estableció nuevos puentes con el gobierno de Maduro. Esto implicó el levantamiento de algunas sanciones y el retorno de Chevron a partir de la licencia 41 en 2022. Los acuerdos con Chevron implicaban un control de la comercialización y la producción por parte de esta corporación estadounidense definieron el modelo al que apuntaba Maduro. Sus críticos, inclusive algunos ex ministros de Chávez, lo denominaron como una ‘Nueva Apertura Petrolera’, siendo la ‘Apertura Petrolera’ el programa neoliberal de los años 90. Era evidentemente que el gobierno de Maduro identificaba la caducidad del enfoque de Chávez, algo similar a lo que hoy dicen las petroleras estadounidenses.
– ¿Cómo fue la relación de Venezuela con la renta petrolera durante estos años? ¿Hubo modificaciones en ese proceso?
Hubo modificaciones importantísimas. Cada proceso histórico en Venezuela implicaba que el petroestado ejercía una propiedad mucho más fuerte. Eso se aflojó en el periodo neoliberal, pero con Chávez se retomó con mucha fuerza. Utilizó, como nunca en la historia, una distribución masiva de renta hacia los sectores populares en términos de programas alimentarios, de salud, de educación. Eso evidentemente tenía límites porque se basaba en un modelo rentista, absolutamente parasitario, profundamente dependiente, inorgánico, como es que un país viva de una de la renta de un proceso de extractivismo.
Chávez tenía una perspectiva muy expansionista en todo sentido, una expansión de las instituciones del Estado, de su poder interior, de su control sobre las instituciones, una expansión sobre el control de los sectores de las economías, una expansión del extractivismo. Y para ello necesitaba que la renta fuera mucho mayor. Llegó a hablar de 6 millones de barriles al día para alcanzar estos objetivos.
Este modelo se fue pulverizando con el colapso económico. Por un lado, colapsó la industria, por otro lado, la renta, la estructura de negocio. Los ingresos se volvieron mucho más caóticos, se sumaron las sanciones internacionales, que hicieron que el ingreso petrolero fuera, en cierta forma, secreto, y parte de una economía subterránea. El petróleo venezolano tenía que ser exportado a través de ‘buques fantasmas’, y eso empantanó la estructura de ingresos y, evidentemente, destruyó el proceso de distribución social de la renta. Venezuela tuvo una caída del PIB de casi el 80 % en menos de 10 años, es una cifra histórica. Eso no solo destruyó el modo asistencialista, sino que destruyó la construcción de legitimidad política. Eso ayuda a explicar por qué el gobierno Maduro devino en dictadura: no tenía manera de sostenerse a través de la distribución de ingresos petroleros. Tuvo que recurrir a la fuerza.
Actualmente la lucha de los sectores más democráticos está orientada a recuperar canales de mediación política, institucional, democrática. De algún mínimo flujo de ingreso petrolero que pueda apuntar hacia una recuperación de la economía destruida, que implicó para tantos una vida bastante tormentosa y que explica por qué se han ido 7 u 8 millones de venezolanos.
-¿Cuál es la situación ahora?
Lo que se está planteando en Venezuela, luego de la invasión, es una forma más radical de entrega petrolera. Trump propone que Estados Unidos controle las decisiones, los niveles y el proceso de producción y la ganancia. Esto contraviene la Constitución y la tradición histórica del petroestado venezolano.
Es una situación muy delicada porque estaría desafiando toda esta estructura de décadas construidas en torno al negocio petrolero. Lo que tenemos es que Maduro ya no está, pero continúa esta negociación que venía de años y se va ir concretando. No está escrito que esto vaya a consolidar una forma de petroestado vasallo, porque hay también muchas contradicciones. El proceso que estamos viviendo en Venezuela es de clara transición, no sabemos si es una transición hacia la democracia, una transición del régimen de acumulación, probablemente sí. Hay contradicciones también en el gobierno de Trump y en una industria petrolera que necesita enormes inversiones porque fue destruida por muchos años.
Además, debe considerarse que unas dos terceras partes del potencial hidrocarburífero se sostienen sobre los crudos pesados y extrapesados de la Faja Petrolífera que son más costosos de extraer, necesitan más energía y mucha más destrucción ambiental.
-Situándonos ya en este punto más cercano en el tiempo, a partir de la intervención de Estados Unidos, ¿qué cambios podrían llegar a darse?
Tanto Venezuela como América Latina se enfrentan a una amenaza muy seria y está especificada en tres situaciones recientes. Evidentemente, en la intervención militar de Venezuela. En segundo lugar, lo que se podría entender como la doctrina Donroe, y las acciones concretas que ya se ven en América Latina: incidencia en la elección en Honduras, en Argentina, las amenazas a Colombia, los aranceles. Aquí estamos viendo una combinación de aranceles, intervención o acción militar mucho más activa, una retórica bastante intimidante que tiene efectos y una serie de mecanismos financieros están asomándose con miras a fortalecer el dólar por parte de Estados Unidos.
Hay que tomarse muy en serio estas amenazas. Esta presión va a ser muy directa en busca de lo que Trump quiere en Venezuela: un vasallaje radical que transformaría todos los marcos de negocios del extractivismo. Pero insisto en que esto tiene contradicciones. Cuál va a ser el alcance real de esta pretensión de transformar la soberanía venezolana y en una especie de soberanía imperial, y cómo eso podría tener alcance en toda América Latina, todavía es una pregunta abierta.
Trump quiere que haya un incremento de la producción. Es el mismo objetivo que tenía Maduro previamente. No lo logró. Chávez incluso lo tenía. No lo logró. Esto también refleja que no es un objetivo sencillo.
Lo que tienes en el caso venezolano es un mapa de unas acumulaciones petrolíferas extraordinarias y gasíferas entre las 10 más importantes del mundo, pero tienes varias dificultades para obtener esos recursos. Por ejemplo, una estructura normativa que ha sido profundamente inviable para la inversión transnacional en Venezuela por todos los obstáculos que tiene, por los márgenes de ganancia tan bajos, y los riesgos de inversiones que pudieran ser expropiadas de entrar en una inestabilidad política. Eso se estaría abordando con la reforma de la Ley de Hidrocarburos.
Un segundo obstáculo es la destrucción de la industria, incluso Trump habló de 100 mil millones de dólares de inversión necesarios para lograr el objetivo productivo. Algunos análisis, hicieron estimaciones de 200 mil millones de dólares para escalar la producción a unos 2.5 millones de barriles diarios. En un escenario ideal, sin ningún tipo de obstáculo, ese proceso necesitaría en un mínimo de 10 años de inversiones.
El tercer tema tiene que ver con los costos de los no convencionales en el caso de pesados y extrapesados. Estamos inundados de petróleo y esto podría crecer, lo que hace que el precio internacional tenga expectativas de mantenerse o bajar, inclusive en escenarios de conflicto bélico podría mantenerse. Este es otro factor que hace que sea poco atractivo.
La inestabilidad política es un cuarto factor. Desde hace años, voceros del capital foráneo hablan de que hay un caudal de inversiones que quieren entrar a Venezuela y no lo hacen porque entienden (y evidentemente es así), que no está definida la situación política. Los capitales están esperando que se defina y eventualmente se consolide un gobierno en Venezuela que garantice que esas inversiones puedan seguir adelante. Trump podría decirlo, Marco Rubio podría decirlo, pero eso no es algo que se tenga con seguridad. Hay riesgos de quiebres internos y de sublevaciones que podrían llevarnos a escenarios de confrontación.
Por otro lado, hay que ver qué va a pasar con China, si Estados Unidos va a presionar para que China se vaya. China no se puede ir hasta que no cobre su deuda, pero no parece que vaya a reaccionar de forma militar.
Y queda todavía el interrogante: ¿Qué participación real va a tener el estado venezolano en los ingresos? Venezuela se ha sostenido con el petróleo, es nuestra muy mala realidad. Los otros sectores económicos no van a poder suplir nunca al petróleo. Estamos ante una encrucijada, inclusive, de la sostenibilidad del modelo político. Tendríamos que entrar en una transición muy profunda de la propia estructura del Estado y de la economía, y eso no va a ser de un día para el otro. Y ahí entran en entre dicho la democracia, los derechos sociales, los derechos civiles. Estamos en una encrucijada tremenda porque esto se combinó con una crisis mucho más larga. Esta intervención estadounidense es en el marco de una crisis global, hay demasiados factores en juego.
-¿Podemos ver ganadores y perdedores de la injerencia estadounidense en Venezuela?
Me parece que es muy limitado decir que la injerencia en Venezuela es solo por petróleo. Venezuela es un país que ha sido destruido y eso abre la posibilidad de inversiones importantes en infraestructura de recuperación.
Lo que ocurrió en Venezuela también ha sido un abaratamiento de la mano de obra, o lo que Jason Moore ha llamado ‘naturaleza barata’. Así se abarata el acceso a la Naturaleza, se socavan los marcos legislativos y de derechos sociales, laborales. Se conforman escenarios ideales para nuevos nichos de acumulación de capital y en ese sentido la inversión de capital, una vez estabilizado el proceso de transición, si fuese a favor del capital, tiene grandes ventajas para los inversores, como las podría tener en Cuba.
Ahí tienes grandes ganadores, el gobierno estadounidense se intentará ocupar de que esas inversiones sean principalmente estadounidenses, sobre todo capitales aliados del gobierno actual. Si Trump consolida esto va a presentarse como un ganador, va a presentar a Venezuela como un trofeo hacia lo interno, y hacia América Latina, un poco como “miren lo que les va a pasar si no me obedecen”. Ahí podrías tener a las empresas que más han celebrado como unas grandes ganadoras, Chevron, Repsol, Halliburton, quién sabe si Exxon sea complacida.
Ganadores internos en Venezuela, probablemente mucho capital nacional que ha estado esperando este momento. Ojo, el empresariado venezolano generalmente no es un actor que está disputando políticamente, aparece más detrás de la cortina. Desde las reformas de Maduro han estado presionando, la Ley de Hidrocarburos estaba en la mira desde hace tiempo. Por eso sale tan rápido también.
Se abre una gran oportunidad de negocio para el capital venezolano. El nivel de destrucción de la economía fue tal, el salario mínimo mensual estaba establecido en unos 130 bolívares, no es ni a un dólar, y en el caso de los servicios públicos, hay parte de la población que no recibe agua por tubería desde hace años o tiene cortes de electricidad todos los días
Cualquier mejora que ofrezca el capital internacional o nacional probablemente será vista con buenos ojos por la población. Eso va a ser algo extremadamente paradójico y un reto tremendo, porque va a haber que disputarse un poco la interpretación de lo que está pasando. El país en su conjunto va a ser un perdedor. A pesar de que pueda haber una recuperación, porque es una recuperación de la destrucción. La recuperación no es igual a un nuevo sistema de justicia. No va a ser un sistema de justicia en el marco, al menos, de una soberanía nacional, sino un sistema de justicia muy tutelado por los poderes extranjeros, aquí pierde mucho el país. La sociedad venezolana verá probablemente algunas mejoras, pero de la estructura de injusticia, de explotación laboral, de extractivismo, de injusticia ambiental, seguramente habrá continuidad. Va a ser difícil plantearlo en una discusión si la gente ve mejoras en lo concreto. Eso es parte de la discusión y habrá que ser muy inteligente para que los perdedores de esto podamos darle otro sentido.
-¿Qué condiciones y desafíos les marca este escenario a los movimientos sociales y populares?
Es un escenario muy complejo de entender y de vivir. Experimentar simultáneamente el ataque de un imperio gobernado por un gobierno nefasto. Hay un sentir de la gente que es confuso. Trump no representa la cultura del petroestado. Si tú le preguntas al venezolano, te va a decir que quienes tienen que gestionar el petróleo son los venezolanos. No importa si la persona es de derecha, centro o de izquierda. No tiene nada que ver con Trump diciendo que el petróleo lo va a gestionar Estados Unidos.
Aparecen sentimientos encontrados. Hay expectativas de un cambio positivo. Las organizaciones sociales y populares en Venezuela son muy heterogéneas. Hay mucho trabajo comunitario, barrial, y no necesariamente de una organización que esté casada con una ideología crítica al sistema.
Además, una parte importante de la población, por los resultados del proceso chavista, asocia izquierda con corrupción, con narcotráfico, con represión, con pobreza. Esa asociación es producto de la propaganda de la derecha, pero, principalmente de los resultados del proceso político chavista. Eso hace que las bases de organización social estén mucho más enfocadas en la resolución de problemas concretos y menos en construcciones ideológicas.
Lo que sí hay, en términos positivos, es un enorme descontento con la situación, un deseo de democracia. La gente quiere elegir quiénes van a gobernar. Una elección no resuelve nuestros problemas más profundos, pero me refiero a una sociedad a la que le fue quitada su oportunidad de participación que no solo ha sido el voto, ha sido la calle también. La protesta, la interpelación a las instituciones, eso se perdió, y la gente siente el deseo de retornar a esa posibilidad.
El contexto de represión anterior fue tan duro que el ámbito de la movilización había sido muy asfixiado y se entendió, en un punto, que la única forma de poder impactar desde la sociedad organizada en las nuevas realidades tenía que ser saliendo del gobierno de Maduro. Porque el gobierno no iba a salir por las buenas y tampoco iba a dejar de reprimir.
Han habido algunas movilizaciones de familiares de presos políticos. Eso es algo que no se había visto desde antes del fraude electoral. Hace un par de días un líder estudiantil confrontó a Delcy Rodríguez en su cara eso era algo impensable.
Hay un sentimiento de que se quiere que haya cambios, pero tampoco esto que estamos viendo, sino algo que tenga una forma más parecida a la idea colectiva de país, y el reto va a ser la articulación de este gran tejido de diversidades.
La gran pregunta es cómo posicionar, por un lado, una perspectiva socioambiental en una discusión que está muy sesgada hacia el petróleo y la recuperación económica. En nuestro caso, lamentablemente, está a nuestro favor que la crisis ambiental en Venezuela es muy seria y ha impactado mucho en la sociedad venezolana. Y la otra, quizás aún más complicada, es cómo aprovechar todas estas contradicciones para intentar imaginar a Venezuela no solo como un enclave petrolero, sino que pueda abrirse una posibilidad para discutir otros horizontes. No es fácil, nunca lo ha sido realmente. Estas nuevas condiciones plantean limitaciones, pero, por otro lado, abren posibilidades. Está todo por disputar, no hay nada escrito, desde las voces que representamos, intentaremos continuar ese camino.


