La resistente economía de EE.UU.

El próximo presidente no debe interferir y se va a sorprender de lo que el sector privado puede hacer

Se está reinventando una vez más y, en medio de la problemática, hay sectores como el energético que generan optimismo

Prácticamente la única cosa en la que están de acuerdo Barack Obama y Mitt Romney, su oponente republicano, es que la economía está mal. El desempleo está estancado por encima del 8% y el crecimiento probablemente cayó por debajo de un 2% anualizado en la primera mitad de este año. Por delante están las amenazas de un quiebre del euro, un enlentecimiento en China y un “acantilado fiscal”, una combinación destructiva de fin de año con incrementos de impuestos y recortes de gastos. Obama y Romney solo discrepan sobre lo que empeoraría las cosas: la reelección de un presidente de izquierda que ha regulado hasta la muerte a un sector privado que no le gusta ni entiende; o cambiarlo por un capitalista rapaz inclinado a enriquecer a las mismas personas que causaron el desastre.

La economía de Estados Unidos ciertamente está débil. Pero el pesimismo del intercambio de insultos presidenciales olvida algo vital. Liderada por su creativo sector privado, la economía se está rehaciendo. Las viejas debilidades están siendo remediadas y nuevas fortalezas se están descubriendo, con una agilidad que tiene mucho para enseñarle a una Europa estancada y a un Asia dirigista.

NUEVAS FORTALEZAS. La lentitud de Estados Unidos se explica sobre todo por los excesos anteriores a la crisis y por la economía deformada que crearon. Hasta el 2008 el crecimiento dependió en demasía del gasto del consumidor y de la venta inmobiliaria, ambos financiados por ahorros externos canalizados a través de un sistema financiero descapitalizado. La deuda de los hogares, ya cercana al 100% del ingreso en el 2000, alcanzó el 133% en 2007. Recuperarse de las recesiones causadas por un sobreendeudamiento siempre lleva años, mientras los hogares y los bancos reparan sus balances.

Sin embargo, en los últimos tres años esa reparación ha sido rápida. Las viviendas estadounidenses están ahora entre las más subvaluadas del mundo: 19% por debajo de su valor razonable, de acuerdo a nuestro índice de precios de la vivienda. Y dado que el Tesoro y otros reguladores, a diferencia de sus contrapartes de la eurozona, eligieron hacerle frente rápidamente a la podredumbre de su sistema financiero, los bancos estadounidenses tuvieron que pasar a pérdida préstamos y aumentar el capital más rápido que sus pares. (a vía de ejemplo tan solo el Citigroup ha eliminado unos 143 mil millones de pérdidas por préstamos; ningún banco de la eurozona ha dejado de lado más de 30 mil millones). Los ratios de capital de Estados Unidos están entre los más altos del mundo. Y los consumidores han recortado también: las deudas ahora son el 114% del ingreso.

También se han descubierto nuevas fortalezas. Una es un sector exportador más dinámico. El dólar más débil ayuda a explicar por qué el déficit comercial se ha reducido del 6% del PIB en 2006 a cerca del 4% ahora. Pero otros cambios, más permanentes, -especialmente el crecimiento de una clase consumidora en mercados emergentes- son un buen augurio. En la campaña electoral, ambos partidos acusan a China de ser una proveedora de importaciones baratas que rompe reglas y manipula su moneda. Pero una China más rica ha aumentado en 53% sus importaciones desde Estados Unidos, y se ha transformado en el tercer mercado más importante para las exportaciones de ese país.

Y los exportadores estadounidenses están cambiando. Algunos de los productos -aviones Boeing, software de Microsoft y películas de Hollywood- son conocidos. Pero hay un auge, también, en servicios de alto valor (arquitectura, ingeniería y finanzas) y una creciente “economía de las aplicaciones”, nutrida de Facebook, Apple y Google, que emplea más de 300.000 personas; sus juegos, mercaderías virtuales, etcétera, se venden sin esfuerzo a través de las fronteras. Constreñidas por debilidades en casa y en Europa, incluso las pequeñas compañías están buscando un punto de apoyo en mercados emergentes. Los fabricantes estadounidenses están recapturando algunos mercados que se habían perdido frente a las importaciones, e innovando con procesos nuevos como la impresión en 3D.

Mientras tanto, lo que una vez fue un talón de Aquiles se está volviendo una ventaja competitiva. Estados Unidos ha pagado caro por su adicción al petróleo importado. Siempre que el West Texas Intermediate trepa por encima de los 100 dólares el barril (como pasó en 2008, el año pasado y nuevamente este año), el crecimiento sufre. Pero los precios altos han tenido un efecto, restringiendo la demanda y estimulando la oferta. Las importaciones netas de combustible este año están en camino de ser las menores desde 1995, y Estados Unidos debería eventualmente convertirse en un exportador neto de gas.

Muchos países tienen gas de esquisto, pero, como pasó con la revolución de internet, Estados Unidos lidera su explotación. El dinero federal ayudó a financiar el desarrollo de la tecnología de “fracking” que permite extraer el gas de esquisto, de la misma forma que financió a los precursores de internet. Sin embargo, su uso fue comercializado por un prospector tejano llamado George Mitchell, el típico tomador de riesgo que abunda en Estados Unidos. En Europa el gas de esquisto ha sido bloqueado por regulación ambiental y derechos de propiedad limitados. En Estados Unidos el esquisto ya ha bajado las tarifas de energía de los consumidores y, al desplazar al carbón, las emisiones de carbono. En el futuro, va a significar un estímulo a la manufactura doméstica de cualquier cosa que necesite grandes cantidades de energía.

El entrenamiento de Estados Unidos no ha terminado. Aunque los resultados son visibles, va a dejar muchos problemas sin resolver. Como las compañías que lideran el proceso son tan productivas, pagan salarios altos pero no emplean a mucha gente. Pueden por lo tanto hacer muy poco para reducir el desempleo, mientras que aumentan la desigualdad. Igual ésta es una base más equilibrada y sustentable para el crecimiento que la que Estados Unidos tenía antes, y una plataforma mucho mejor para la prosperidad que la de una Europa anciana y sin reformar.

QUÉ HACER Y QUÉ NO. ¿Qué debería hacer el próximo presidente para generar fortalezas en esta nueva economía? Primero, no dañar. No llevar a la economía hacia el precipicio fiscal podría ser un comienzo: en cambio, establecer un plan de déficit de largo plazo creíble que incluya tanto aumentos de impuestos como recortes a los programas de ayuda social. Existen otras locuras también. Algunos demócratas quieren restringir la exportación de gas natural para mantener bajo el precio para los consumidores locales, una estrategia brillante para desmotivar la inversión y la producción doméstica. Un Obama más valiente facilitaría la aprobación de las exportaciones de gas. Por su parte, Romney debería retirar su promesa de catalogar a China como manipulador de la moneda, una invitación a una guerra comercial.

Segundo, el próximo presidente debería arreglar los destartalados servicios públicos de Estados Unidos. Incluso los emprendimientos más productivos no pueden ayudar a una economía paralizada por calles dilapidadas, el sistema de salud más caro del mundo, escuelas con bajos rendimientos dominadas por los sindicatos y un sistema de inmigración bizantino que priva a las empresas de los mejores talentos mundiales. Focalícense en esas cosas, Obama y Romney, y se van a sorprender de lo que el sector privado de Estados Unidos puede hacer por sí mismo.

El País