Una práctica que no hay que limitar, sino regular

Víctor Bronstein.- La característica fundamental de nuestra civilización es que está sustentada en la quema de combustibles fósiles, esto es petróleo, gas y carbón. En ese sentido, el petróleo participa con un 35% en la matriz energética mundial, pero 95% del transporte utiliza su derivado por lo que sin ese combustible se paraliza el planeta. El gas tiene una participación del 23% y el carbón del 24%, lo que hace que nuestra civilización dependa 80% del combustible fósil. Ése es el marco actual y el futuro no luce muy diferente. Para el 2050, el uso de combustibles fósiles bajará a 78%, o sea que vamos a necesitar por muchos años su utilización.

La realidad nos muestra que el gas y el petróleo convencional están empezando a dar síntomas de agotamiento y es un recurso no renovable. Sin embargo, ese agotamiento no se da de un día para el otro. Cuando se encuentra un yacimiento, se explota, se llega a un máximo y luego empieza a declinar desde allí. El petróleo convencional ya llegó a ese máximo y es por esa razón que el mundo está reemplazando la falta con petróleo no convencional como el shale oil. Estados Unidos está empezando a producir este recurso, pero se lo conoce desde hace un siglo aunque antes no existía la tecnología adecuada para explotarlo.

Lo que pasa en el mundo sucede en la Argentina. Estamos produciendo menos petróleo y menos gas, pero no por políticas energéticas cerradas sino por una cuestión geológica que hace que los yacimientos convencionales empiecen a mermar su producción. Por esto, es que Argentina está ante una oportunidad porque tenemos muchos recursos de combustible no convencional y me parece bien empezar a producirlos. Si bien es verdad que el proceso del fracking genera cierto impacto ambiental, hay que tener cuidado. Pero de allí a hacer una campaña anti fracking es un fundamentalismo ambiental sustentado en la ignorancia porque no entiende cómo y cuál es la tecnología que se usa.

En Estados Unidos hubo en sus comienzos casos de contaminación, desconocimiento y malas prácticas que provocaron daños, pero ahora es una actividad regulada. En la Argentina, el proceso de fractura -o fracking- se hace desde hace muchos años porque incluso en los pozos convencionales a veces se tiene que realizar para obtener mayor productividad.

El proceso de sacar gas y petróleo atrapados en las rocas -eso es el fracking- utiliza aditivos de extracción que si se filtran pueden contaminar un acuífero; por esa razón hay que hacerlo con mucho cuidado. Sin embargo, estos riesgos están presentes en muchos ámbitos de producción energética. La energía atómica es altamente contaminante si se la maneja mal y un reactor en mal funcionamiento es diez veces más contaminante que el fracking, pero está regulada y no nos oponemos a ella.

En algunos países lo que se hizo fue no prohibir el fracking, sino decretar una moratoria, o sea, no hacer nada hasta estudiar el impacto. Ahora, algunos de esos países están empezando a levantar esa moratoria. En nuestro país se debería hacer lo mismo. Si no hay seguridad sobre la práctica habría que detenerla por un tiempo y estudiar el caso del fracking, sus recursos, peligros y niveles de profundidad para regularlo y evitar los riesgos para después permitirlo.

Estas son las razones que me llevan a pensar que si un Concejo Deliberante saca una ordenanza de territorio libre de fracking es algo sin sentido. Si bien no hay una legislación nacional sobre fracking, estoy a favor de una regulación que establezca buenas prácticas y los cuidados que se deben tener. Un municipio aquí puede exigir lo mismo y debería reunirse con las empresas para determinar la forma de hacerlo.

También hay que evaluar el contexto en que se hace. En Estados Unidos cuando hubo contaminación de los acuíferos fue por un mal procedimiento y porque el shale se da en formaciones superficiales cercanas a los cauces de agua. En Argentina, en cambio, en zonas como Vaca Muerta la formación de shale está a 2.400 metros o sea que están a más de dos mil metros de distancia de los acuíferos y es poco probable que una filtración llegue hasta allí.

La extracción de petróleo no convencional tiene un impacto ambiental, pero hay que hacerla con buenas prácticas. Debe estar regulada y hay que ponerla en contexto. Ojalá podamos pronto sustentar nuestra forma de vida con células fotovoltaicas o energía eólica, pero por ahora es imposible. En países como Estados Unidos la energía eólica en la matriz energética es del 1% del país y la fotovoltaica es del 0,1%. Hay que buscar el consenso y está bien que la población esté preocupada, pero también debe estar informada sobre una práctica que no hay que limitar sino regular.

*Ing. en Energía de la UBA. Dir. Licenciatura en Energética de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y Prof. de posgrado en UBA.

Los Andes