El hilo que conectaba los valles 

Desde la Norpatagonia hasta los Valles Calchaquíes, Qué perforado está mi Valle recorrió pueblos y ciudades abriendo espacios de encuentro y conversación. En el camino, los intercambios sobre agua, energía, producción y territorio fueron revelando conexiones entre lugares que, a primera vista, parecían lejanos. 

Por Yamila del Palacio / OPSur .- El calor empezó a sentirse al entrar a la provincia de Tucumán. El humo apareció entre los árboles y, por momentos, las llamas rodearon la ruta. El calor atravesaba los vidrios del auto. Esa fue nuestra primera imagen. Después supimos que los incendios venían siendo cada vez más frecuentes en está zona y que, apenas unos días antes, otro había arrasado varias hectáreas cerca de Cafayate. 

En San Miguel de Tucumán se sintieron los nervios de la primera función. El recorrido comenzaba en una sala del centro de la ciudad y el tiempo previsto para el debate era corto. Las ganas de conversar, no. Cuando tuvimos que dejar la sala, el intercambio siguió en el hall del edificio. Entre las últimas preguntas aparecieron también los primeros números de teléfono y contactos de personas interesadas en continuar la conversación. 

Al día siguiente dejamos atrás San Miguel de Tucumán y emprendimos camino hacia los Valles Calchaquíes. La ruta empezó a subir entre curvas y nubes espesas. Por momentos no se veía más allá del parabrisas. Después de Tafí del Valle aparecieron los cerros y, detrás de ellos, las cumbres nevadas tan familiares a quienes fuimos desde la Patagonia. 

Así comenzaba la gira Diaguita Calchaquí en la que íbamos a presentar el documental “Que perforado está mi Valle”, una pieza que pone el foco sobre el avance del fracking de Vaca Muerta en zonas de producción agroalimentaria. 

Abrir una puerta 

Cada función fue distinta. Nunca supimos cuánta gente iba a llegar ni qué preguntas aparecerían cuando terminara la proyección. 

En Amaicha del Valle, la convocatoria había sido casi puerta por puerta. Una referente comunal y sus compañerxs del CEPLA —Centro de Atención Primaria de Adicciones, organizador de la proyección— habían recorrido el pueblo invitando a participar de un encuentro que, según contaron después, hacía mucho tiempo que no ocurría. Al entrar a Amaicha nos sorprendieron los afiches pegados en postes y paredes anunciando la función. La proyección fue en el SUM de la radio comunitaria, donde llegaron vecinos y vecinas, familias, militantes y referentes políticos comunitarios. Entre ellxs estaba la Pachamama, una autoridad comunitaria cuya presencia le dio una fuerza especial al encuentro. En el intercambio aparecieron discusiones sobre energía, minería y la ausencia de una transición construida desde los territorios. 

En Santa María, Catamarca, nos recibieron en una biblioteca popular. Allí se exhibía en uno de los mesones un enorme libro donde vecinos y vecinas habían escrito recuerdos del pueblo durante años. Mientras preparábamos la proyección leí algunas páginas. Historias familiares, fotografías antiguas, recortes de diarios. Memorias que alguien había decidido no dejar perder. 

Cuando terminó un extenso y enriquecedor debate, una mujer pidió permiso para cantar. Hasta ese momento se había presentado como una ama de casa interesada en aprender más sobre esas temáticas. Recién después supimos que era una reconocida coplera de la región. Nos pidió que nos pusiéramos de pie y formáramos una ronda. Entonces su voz llenó la biblioteca. 

En Cafayate, Salta, nos esperaba la asamblea por el agua. Llegamos a una ciudad atravesada por el contraste entre las formas de vida locales y una expansión turística e inmobiliaria cada vez más visible. Pero en la conversación aparecía otra preocupación que recorría el Valle Calchaquí: el regreso de la minería de uranio a la agenda.

No era una historia nueva. En el departamento San Carlos, el complejo minero-fabril Tonco había funcionado durante casi dos décadas procesando principalmente el uranio extraído de la mina Don Otto, como parte del desarrollo del combustible para la actividad nuclear argentina. Más de cuarenta años después de su cierre, funcionarios provinciales y representantes de la Comisión Nacional de Energía Atómica volvían a hablar de explorar el potencial uranífero de la región. Del otro lado, comunidades y asambleas comenzaban a reorganizarse alrededor de una preocupación conocida. 

La última función fue de camino a San Miguel, ya terminando nuestra gira. Salimos de paisajes semiáridos y nos volvimos a meter en el verde de la yunga, en un día nublado y húmedo. Pasamos por una localidad llamada Santa Lucía, donde nos volvimos a encontrar proyectando en una biblioteca. En el intercambio aparecieron otros problemas. Vecinos y vecinas hablaron del avance de las plantaciones de limón sobre sectores de monte nativo en las partes altas de la cuenca y de las inundaciones que comenzaron a observar en zonas donde antes el agua se comportaba de otra manera. La conversación nos resultaba familiar, porque en nuestro valle aprendimos que intervenir un territorio aguas arriba tiene consecuencias aguas abajo. 

En cada localidad cambiaban los nombres, las caras y los paisajes. Las preguntas, reflexiones y las preocupaciones, no tanto. 

El sostén 

La tierra patagónica que aparecía en la pantalla podía sentirse lejana. Ríos caudalosos, canales de riego y grandes chacras de manzanas, peras y frutas de carozo convivían en las imágenes con pozos y torres. Del otro lado de la pantalla, en contraste, algunos cauces permanecían secos durante esa época del año y se volvían caminos de arena a la espera de que regresara el agua. 

“Cuando leí el nombre del documental sentí que hablaba también de mi valle.”

En un valle hablaban del agua para la minería. En otro, del agua para el fracking. Unos contaban cómo las plantaciones de limón avanzaban sobre el monte nativo. Nosotros hablábamos de embalses, canales de riego, producción de alimentos y fracturas en el subsuelo. Los problemas no eran idénticos, pero empezaban a reconocerse unos en otros. 

“La lucha es por la vida. Sin agua no hay vida.” 

“Me trajo esperanza, saber de gente en otra provincia que se organizan, movilizan e interesan por cuidar su territorio de la misma manera que acá lo hacemos”

Después apareció una conexión todavía más concreta. Desde hace años, familias del norte recorren miles de kilómetros hacia la Norpatagonia siguiendo las temporadas de cosecha. En Santa Lucía escuchamos historias de trabajadores que conocían ese camino de memoria: habían ido y vuelto entre Tucumán y el Alto Valle buscando trabajo entre una cosecha y otra. Mientras algunas personas viajaban por primera vez a nuestro territorio a través de las imágenes del documental, otras podían reconocerlo porque ya lo habían transitado con sus propios cuerpos. 

“Nos dieron la posibilidad de viajar a su territorio a través de sus ojos.”

Entre todas las voces que escuchamos durante la gira, hubo una que me quedó resonando. Una mujer habló de lo difícil que puede ser sostenerse en el tiempo, pero también de la importancia de encontrarse con otrxs:

“A pesar de todos los golpes y de lo difícil que es estar en la lucha, siempre hay alguien que te sostiene y te levanta.”

Volver

Durante esos días entendimos que las distancias entre los valles eran menos grandes de lo que parecían. Los conflictos no eran los mismos, pero había algo reconocible en la manera en que distintos modelos extractivos se implantaban en los territorios. En la Patagonia, el fracking alimentaba la expansión de los hidrocarburos; en los Valles Calchaquíes, el regreso de la minería a gran escala vuelve a poner sobre la mesa otra fuente de energía: la nuclear. Distintas formas de producir energía para un mismo país que, vistas desde los lugares donde comienzan, abren preguntas sobre el agua, las economías regionales, las formas de habitar y la capacidad de decidir sobre el territorio. Si el futuro es nuestro, la construcción del mismo también. 

Los encuentros fueron construyendo caminos entre organizaciones, comunidades y personas que encontraron en experiencias lejanas algo que también hablaba de su propio lugar. En cada uno aparecieron nuevos hilos de una red que ya existía y que continúa tejiéndose entre territorios. 

Las distancias seguían siendo las mismas, pero después de cinco funciones y cientos de kilómetros, los valles parecían menos lejanos.